domingo, junio 07, 2009

Todavía sueño


Hola:

No tendrías que responder esta carta. A veces soy un poco tonta y lloro más de la cuenta. Y supongo que esta noche estoy triste y no sé por qué. De pronto he encontrado unas fotos de hace un par de años y quizá un poco más. También estoy escuchando esa canción tan bonita que le dedicas a tu novia. Y soy muy feliz por ti. Es verdad: no sabes cuánto me alegro por ti. Y ya lo sabes: te quiero demasiado aunque ya no nos hablemos. Eres, sin lugar a dudas y reproches, mi mejor momento. Mi hermano y mi mejor amigo.

Bueno, te contaba que estoy llorando sin parar. Supongo que la culpa la tienen esas fotos. Debería existir alguna manera de evitar guardar fotos que luego despertarán nostalgias. Nostalgias tristes y nostalgias felices. Veo fotos de cuando tenía 22 o 23 y me parece que esos momentos están muy lejos de aquí. ¿Cómo pasó el tiempo? ¿Qué pasó conmigo? ¿Por qué cuando me veo en esas fotos siento unas ganas terribles de llorar? ¿Qué hace que esta noche me sienta tan sola y triste?

Creo que me extraño. Ahora mismo me cuesta entender lo rápido que pasó el tiempo y dónde estoy. Y eso es lo que pasa. Ni siquiera sé dónde estoy, ni qué debo seguir haciendo. Y justo ahora tampoco tengo nada que esperar del futuro, supongo. No sé qué hacer. Mientras, sigo trabajando, envejeciendo, pagando rentas y deudas, llenándome de miles de responsabilidades. Me gustaría salir de aquí. Hace mucho tiempo vengo pensándolo. ¿Qué curioso, no? Pensar que siempre viví diciendo que no quería vivir en otro país que no fuera Perú. También vengo pensando que me gustaría vivir cerca de mi mamá. Y me siento un poco mierda porque toda mi vida aquí me dediqué a decirle a ella que lo que más quería era vivir lejos de su presencia. He sido muy mala hija, lo sabes. Seguramente tú también me dirás lo mismo. Lo sé. Conozco tu historia y tú conoces la mía. Pero eso: quiero vivir cerca a ella.

Cada día que pasa descubro que no hay nada más valioso que la familia. En mi caso: mi madre, mi hermana y mis abuelos. Y estoy decidida que ese camino voy a seguir. Solo me gustaría dejar de ser tan floja y ponerme a trabajar en lo que quiero.

Para terminar, creo que ya sé por qué pasa todo esto. Esta tarde mi novio –sí, ese del cual no te he contado nada– me dijo algo que supongo partió mi alma en algunos pedacitos. “Solo somos novios y nada más”. Es muy triste escuchar ese tipo de cosas. Y desde ese momento pienso que no he sabido administrar mi tiempo, mi vida, y mi cariño hacia las personas que siempre han estado a mi lado. Tú, por ejemplo. Es por eso que esta noche me siento triste cuando veo esas fotos. Allí, en esas fotos, hay mucha gente a la que he dejado de lado. Mi hermana, mis primos, mis buenos amigos.

Quiero volver. Quiero retroceder el tiempo y volverme a dedicar a las personas que amo.

Por cierto, qué linda la canción que le dedicas a tu novia. Me llena de ternura, de lágrimas y de sonrisas. Me gustaría seguir conversando contigo para que me descubras este tipo de canciones. Siempre me regalabas una canción cuando estaba triste. Aún cuando lloraba por tipos que no valían la pena. Acabo de recordar un correo que, después de mucho tiempo de separarnos, me escribiste una noche que estabas triste y borracho. Quiero que sepas que esas palabras las llevo siempre en mi corazón.

Salud donde sea que esta noche estés.

Tarcila

Miraflores, 17 de mayo de 2009

sábado, junio 06, 2009

(Todavía sueño)


Hola:

No tendrías que responder esta carta. A veces soy un poco tonta y lloro más de la cuenta. Y supongo que esta noche estoy triste y no sé por qué. De pronto he encontrado unas fotos de hace un par de años y quizá un poco más. También estoy escuchando esa canción tan bonita que le dedicas a tu novia. Y soy muy feliz por ti. Es verdad: no sabes cuánto me alegro por ti. Y ya lo sabes: te quiero demasiado aunque ya no nos hablemos. Eres, sin lugar a dudas y reproches, mi mejor momento. Mi hermano y mi mejor amigo.

Bueno, te contaba que estoy llorando sin parar. Supongo que la culpa la tienen esas fotos. Debería existir alguna manera de evitar guardar fotos que luego despertarán nostalgias. Nostalgias tristes y nostalgias felices. Veo fotos de cuando tenía 22 o 23 y me parece que esos momentos están muy lejos de aquí. ¿Cómo pasó el tiempo? ¿Qué pasó conmigo? ¿Por qué cuando me veo en esas fotos siento unas ganas terribles de llorar? ¿Qué hace que esta noche me sienta tan sola y triste?

Creo que me extraño. Ahora mismo me cuesta entender lo rápido que pasó el tiempo y dónde estoy. Y eso es lo que pasa. Ni siquiera sé dónde estoy, ni qué debo seguir haciendo. Y justo ahora tampoco tengo nada que esperar del futuro, supongo. No sé qué hacer. Mientras, sigo trabajando, envejeciendo, pagando rentas y deudas, llenándome de miles de responsabilidades. Me gustaría salir de aquí. Hace mucho tiempo vengo pensándolo. ¿Qué curioso, no? Pensar que siempre viví diciendo que no quería vivir en otro país que no fuera Perú. También vengo pensando que me gustaría vivir cerca de mi mamá. Y me siento un poco mierda porque toda mi vida aquí me dediqué a decirle a ella que lo que más quería era vivir lejos de su presencia. He sido muy mala hija, lo sabes. Seguramente tú también me dirás lo mismo. Lo sé. Conozco tu historia y tú conoces la mía. Pero eso: quiero vivir cerca a ella.

Cada día que pasa descubro que no hay nada más valioso que la familia. En mi caso: mi madre, mi hermana y mis abuelos. Y estoy decidida que ese camino voy a seguir. Solo me gustaría dejar de ser tan floja y ponerme a trabajar en lo que quiero.

Para terminar, creo que ya sé por qué pasa todo esto. Esta tarde mi novio –sí, ese del cual no te he contado nada– me dijo algo que supongo partió mi alma en algunos pedacitos. “Solo somos novios y nada más”. Es muy triste escuchar ese tipo de cosas. Y desde ese momento pienso que no he sabido administrar mi tiempo, mi vida, y mi cariño hacia las personas que siempre han estado a mi lado. Tú, por ejemplo. Es por eso que esta noche me siento triste cuando veo esas fotos. Allí, en esas fotos, hay mucha gente a la que he dejado de lado. Mi hermana, mis primos, mis buenos amigos.

Quiero volver. Quiero retroceder el tiempo y volverme a dedicar a las personas que amo.

Por cierto, qué linda la canción que le dedicas a tu novia. Me llena de ternura, de lágrimas y de sonrisas. Me gustaría seguir conversando contigo para que me descubras este tipo de canciones. Siempre me regalabas una canción cuando estaba triste. Aún cuando lloraba por tipos que no valían la pena. Acabo de recordar un correo que, después de mucho tiempo de separarnos, me escribiste una noche que estabas triste y borracho. Quiero que sepas que esas palabras las llevo siempre en mi corazón.

Salud donde sea que esta noche estés.

Tarcila

Miraflores, 17 de mayo de 2009

jueves, febrero 05, 2009

Cosas que pasan por algo


O mejor dicho: por algo pasan las cosas.

Decir "volví" a este blog se está convirtiendo en una mala costumbre, así que simplemente diré que estaba de paso cuando, de pronto, me acordé que todavía tengo uno. Hace un par de horas estuve revisando blogs exitosos, de chicos y chicas progre que con paciencia y con astucia se conviertieron en los más vistos, los más aplaudidos y los más deseados. También pasé por el blog de mi primer novio y vi que anda igual de flojo como yo. Y también igual de sentimental como yo.


Creo que nunca he sido tan feliz como lo soy ahora. Da miedo escribirlo. Amo cada partecita de mi vida. Amo a muchas personas: a mi madre, al esposo de mi madre, a mi hermana, a mis abuelos, a mis gatos, a mis amigos. Amo a mis problemas: a mis deudas, a mis dolencias físicas, a mi flojera, a mi billetera vacía. Amo las cosas materiales: a mi plasma gigante, a mis nuevos muebles, a mi carro, a mi colección de zapatos, a mis carteras. Amo a muchos recuerdos: mis viajes, mis navidades, mis cumpleaños, mis fiestas.


Pero sobre todas las cosas amo a una palabra mágica que origina esta sobredosis de felicidad. Estabilidad. Amo despertarme junto al Señor M. Sentir su cuerpo calientito junto al mío. Quedarme jugando con él en la cama por diez minutos. Abrir la puerta para que Qori y Maqui (nuestros gatos) vengan a saludarnos. Meterme (o meternos) a la ducha. Tomar un desayuno fugaz. Subir a nuestro carro. Que me deje en el trabajo. Trabajar 8 horas sentada en mi oficina. Esperar a la noche. Entonces el Señor M me recoge. Cenamos en cualquier lugar. Nos recordamos cuánto nos amamos, cuánto nos ha costado acostumbrarnos a vivir juntos, hacemos planes del futuro (porque ahora hacer planes es la felicidad). Llegamos a la casa, saludamos a Qori y Maqui, nos echamos en nuestro sofá rojo. Vemos la tele. Nos quedamos dormidos. Apagamos la luz. Y la felicidad no se ha marchado.


jueves, noviembre 06, 2008

Chau, Chau, Señor M


En el peor año de mi vida hice y deshice muchas cosas. Me mudé a vivir con el Señor M. Nos fuimos a un edificio muy alto para poder ver la ciudad. Teníamos unas ventanas enormes que nunca supimos aprovechar y que ahora están cubiertas de un manto gris. Críamos a dos gatos que se convirtieron en nuestros mejores amigos y que esta mañana, al dormir juntos, ignoraban que en pocos día serán separados. Compramos todo lo indispensable para tener una bonita cocina y en la sala colocamos un mueble rojo. Desde que nos fuimos a vivir juntos, el Señor M y yo dormimos todas las noches en la misma cama. Fuimos felices y fuimos infelices.


Hace una semana el Señor M me dijo adiós. Así que es momento de ir, lléndose poco a poco. Primero, tengo que salir de la casa que compartimos desde hace 10 meses. Luego, cerrar los ojos muy fuerte y pedir mi único deseo para el próximo. año. Desaparece, Señor M, desaparece.

Mi nueva hermana


Mary apareció un dia cualquiera de octubre. Es mi hermana. Nunca la he visto, aunque siempre supe que existía. Esta mañana Mary ha escrito. Yo le he respondido. Todo esto me parece muy extraño, pero sucede justo cuando lo único que quiero encontrar son nuevas (y buenas) noticias.


Mi nueva hermana dice:


Hola T,Soy Mary, tu media hermana :). Desde muy chiquita supe de uds. por una conversacion que escuche, pero como no tengo contacto con la familia S nunca tube acceso a detalles de uds; ni si quiera sabia sus nombres. Gracias a la tecnologia (Facebook) ahora e podido ubicarlas. Siempre e querido saber de uds. y tengo la esperanza de algun dia poder conocerlas. Me gustaria mucho empezar a saber de uds. (si es que uds. tambien lo desean) como son, a que se dedican, que a sido de sus vidas todos estos anos que no pude compartir con uds :) Me despido, esperando saber de uds. pronto,Mary.pd. Esta linda la foto de tu gato :)


Yo le respondo a mi nueva hermana:


Mary:
Hola. La historia es similar. De niña yo también escuché de ti. Llegaban noticias como telegramas. "Es tu hermana", "Vive en Japón", "Se llama Mary", y bla bla bla. Ahora todo es realidad. Hablemos mucho. Ya verás que nos vamos a conocer. Escríbeme a mi correo personal: dochera@gmail.com Soy muy mala para usar el Facebook.
T

sábado, noviembre 01, 2008

VOLVÍ


Mientras vuelvo a escribir en mi viejo blog, recuerdo los últimos meses de mi vida.
Estoy sentada en una casa que ya no me pertenece. En un lugar donde ya no tengo un cuarto para dormir y mucho menos una cama. He vuelto a mi pasado por una noche. Estoy aquí. Sentada en mi antiguo escritorio, escuchando las canciones que solía escuchar y conversando con gente convertida en recuerdo.

He vuelto a leer todo lo que escribía cuando vivía sola, cuando el tiempo me pertenecía y me dejaba soñar con hechos inexplicables. Y estoy segura que dejar de escribir me ha ido restando sensibilidad. ¿Qué nos pasó? Le pregunto ahora a Bruno, mi primer novio, con quien coincido después de meses en el msn. Por alguna razón, él y yo dejamos de escribir en nuestros blogs al mismo tiempo. Abandonamos todo el último verano. No tengo idea; bueno, creo que yo sí sé, me dice él.

Repaso todo aquello que le sucedió a los protagonistas de este viejo blog. Platónico dando vueltas, pero ya no en mi corazón, sino en la librería a la que suelo visitarlo con poca frecuencia. Fernando convertido en un completo desconocido que brilla junto a su feliz novia. Chico lindo un amigo lejano, muy lejano, al que siempre extraño. Y el Señor M, mi novio, mi compañero de cama, mi cocinero ideal. El hombre de mi vida, aunque ahora mismo siento que nos falta aire. Mucho aire para seguir adelante. Para quererlo y que me siga queriendo.


Hoy, después de ocho meses, siento que la fiesta terminó. Que ya me agoté. Que quiero cubrir todo mi cuerpo con un cubrecamas de plumas y despertar cuando sea verano. Despertar un día con sol, apretar play en mi canción favorita y salir a la calle como una loca feliz. Ser hipócrita y pisar hojas secas fingiendo emoción. Cruzar las pistas cantando, tomar una gaseosa muy helada, acomodarme mis gafas de sol y mirar el mar. Entonces, fingir que me encanta la playa, que soy una chica muy liberal, ajustarme mucho el escote, cruzar las piernas y dejar un poquito a la vista. Y toda esta situación con la canción “You make me feel like a natural woman” de bajo fondo musical.

Ojalá que nuestros ojos sí brillen mañana. Yo volví.

En Lima, 1 de noviembre de 2008.
10:00 p.m.

jueves, enero 10, 2008

¿Qué hago aquí? Y otras preguntas pertinentes


Un amigo creyó enamorarse luego de cuarenta y ocho horas de haber conocido a un chico muy guapo. Pocos días después, mi amigo se mudo a la casa del chico muy guapo porque sentía la necesidad de dormir con él todas las noches (y no solo dormir, claro está). Pero una mañana cualquiera despertó muy temprano y la primera pregunta que comenzó a asfixiarlo fue ¿qué hago aquí? Esa misma mañana, sacó del armario su maleta y se marchó a casa.

Todos tenemos historias del tipo ¿qué hago aquí? La primera vez que me hice esa pregunta fue una fría mañana de mayo de 2005. Abrí los ojos y la escena eran dos cuerpos expidiendo alcohol y confundidos de manera acrobática en un sillón enano, pero cómodo. Luego de superar el pánico de la sorpresa, mi acompañante me saludó con un tierno beso en los labios. Estábamos en su casa, echados en su mueble, observando el paisaje que se dibujaba frente a las ventanas de su sala. Y allí mismo yo solo era una extraña, una forastera vestida con traje de gala, una cualquiera, un barco que pasó de noche y se quedó anclado hasta el amanecer. ¿Qué hago aquí?, me pregunté y entonces, al igual que mi amigo, salí disparada de ese departamento después de un tierno beso de despedida.

Pero si las historias ¿qué hago aquí? solo despiertan vergüenza y falso pudor una vez terminada la faena, existen también las historias que solo generan fastidio, que al amanecer nos pesan y, si quieren ser severos, hasta nos producen asco. Son las llamadas ¿qué hace él (o ella) acá? Suceden cuando despiertas (otra vez expidiendo alcohol del cuerpo) al lado de un hombre al que quisieras desaparecerlo en cuestión de segundos. Como la historia del príncipe sapo pero al revés. Quisieras darle un beso y convertir a ese falso príncipe en un batracio y que salga de tu casa dando brincos. Lo peor del asunto es que está en tu cama, durmiendo con una gran sonrisa, y a tu lado. Lo peor es cuando el falso príncipe no se da cuenta que debe marcharse, cuando parece que está allí dispuesto a quedarse para siempre y por siempre. Amén. Y lo único que tú quieres es que se vaya, que desaparezca y te deje en paz para que puedas bañarte, cambiarte de ropa y dormir para olvidar.

Finalmente están las historias del tipo ¿qué hicimos ayer? Se trata de cuentos de doble filo, con una trama desconocida y un final esperado: el inevitable adiós y aquí no pasó nada. De pronto abres los ojos y en plano aberrante logras distinguir que el saco de flores rosadas que vestías la noche anterior está desparramado en el suelo de la sala. Como si alguien te lo hubiera arrancado con mucha fuerza. Luego, un hombre desnudo con muchos años encima descansa a tu lado. Lo quieres, le tienes cariño y te da hasta un poco de pena lo que haya podido pasar. Y te daría mucha más pena si tan solo podrías recordar lo que pasó. Nunca lo harás. En tu mente solo aparecerán momentos en blanco y negro, y algunas frases vestidas de erotismo de alto voltaje, de esas que nunca más volviste a escuchar. Por la mañana se siguen llenando de besos y en la mesa de la sala encuentras una decena de latas de cerveza vacías. ¿Cuántas te tomaste?, le preguntas. Y él sonriendo te dice: ¿cuántas nos tomamos? Sé que mi recuerdo del tipo ¿qué hicimos ayer? es muy saludable e inocente si lo comparamos con las historias que acaban nueve meses después en el nacimiento de un niño indeseable o terminan rompiendo amistades que antes de esa noche y antes de esos tragos parecían inquebrantables.

Esta mañana desperté en la cama de mi novio y no pude evitar hacerme la pregunta del inicio. ¿Qué hago aquí?, repetí unas tres veces en silencio cuando me encontré sola en una cama de sábanas azules. Confieso que después de algunos meses de dormir juntos, hoy fue la primera vez que pensé en la existencia de una pregunta con tanto sentido como esa. Me quedé muchos minutos sin decir nada, tratando de entender por qué recién me preguntaba qué hacía en esa casa, en ese cuarto y en esa cama. Y entonces recordé todas aquellas historias que líneas arriba les he contado. Recordé lo horrible que fue despertar en la cama de un sujeto al que le regalé caricias pasajeras, recordé lo incómoda que me sentí cuando abrí los ojos y en mi cama estaba un amigo que por una noche me hizo su amante. Recordé lo terrible que fue sentir el cuerpo desnudo de un hombre que no era mi novio. Y haciendo este ejercicio de recordación concluí que ahora soy feliz. Que la felicidad se reinventa cada noche en la cama de mi novio y se reinventa cada amanecer cuando abro los ojos y él respira a mi lado. Y aunque hace dos amaneceres despierto sola sobre la cama de sábanas azules, sé que él está en la habitación contigua leyendo, suponiendo que yo todavía sueño. Y que ese sueño es él.

Música recomendada para leer este post: “Y si amanece por fin” de Joaquín Sabina

Pd.- Quiero agradecer públicamente a mi pequeño, pero importante círculo de lectores. A Jecko, a Karmatik, a Gatorade, a Gartiligio y al Señor M. Feliz 2008 para todos ustedes.

martes, diciembre 04, 2007

Realmente lo siento


Nunca, nunca pensé que fuera tan fácil y tan doloroso cruzar el charco que divide al amor del odio. Alguna vez, hace mucho tiempo atrás, un ex amigo al que solía querer me dijo que la ley del amor era simple y lógica. Lo que alguna vez lo fue todo, luego se convertiría en nada. Y me costó creerle porque entonces mi primer todo seguía (y sigue) cerca a mí. La aparición de mi segundo novio me cegó por completo. Creí en nunca jamás, creí en para siempre y por siempre, creí que lo que alguna vez lo era todo nunca se convertiría en nada. El tiempo pasó y me dejó todo lo contrario. Lo peor del amor, entonces pensé, era el punto final sin dos puntos que le sigan. Entonces, convertí a mi corazón en una fábrica de rencores y odios. Suponía que era la mejor manera de reponerme. Y vaya que me ayudó. Los últimos meses fui acumulando mucha rabia hacia F, mi segundo ex novio. A veces me horrorizaba darme cuenta cómo un sentimiento así de puro y genuino pudo convertirse en un odio tan violento por un ser humano que adoré, amé y quise durante años (incluso antes de ser novios).

El último sábado recibí la peor noticia del año. F, mi segundo ex novio, está muy enfermo. Y justo a esa hora, mientras yo recbía la peor noticia del año, a él lo estaban operando de una enfermedad que es casi improbable en gente joven. Se me revolvió el estómago y sentí ganas de devolver hasta las entrañas. Antes ya había escuchado que estaba un poco mal, pero hasta ese sábado no comprendí la dimensión de las cosas. Entonces, decidí cerrar la fábrica de rencores y odios. Me sentí la perona más mala y sin escrúpulos del mundo. Sentí odio por mí misma de haber escrito en este blog tantas cosas horribles sobre él. Sentí asco de mí misma por haber odiado tanto a un ser humano que durante mucho tiempo dibujó millones de sonrisas en mi cara y que al final de nuestros días como novios decidió dejarme de lado para no verme sufrir. ¿Cómo pude ser capaz? Comprendí que no soy la buena persona que a veces quiero creer (erradamente) que soy. Pero, sobre todo, descubrí todo el daño que me estuve haciendo durante este tiempo al tener tanta ira retenida en mi cuerpo (y en mi alma).

Al día siguiente de recibir la peor noticia del año, me desperté y busqué mi celular para averiguar la hora. Dos de diciembre. Me quedé en silencio, tratando de recordar por qué el dos de diciembre debía ser una fecha especial. Muchos minutos después recordé que ese domingo era el cumpleaños de F. Recordé eso y me quedé pasmada en mi cama. No quería despertarme porque sentía que todos los odios acumulados me ahogaban allí mismo. Ahora sé que no debería decir nada. Que no es mi obligación saludarlo por su cumpleaños, ni ir a visitarlo a su cama de hospital. Creo que mi mejor manera de solidarizarme con él ya está dada. Por ahora, he arrancado todos esos sentimientos horribles que me estaban haciendo daño. La fábrica de rencores y odios ha cerrado. Y no me siento cobarde por no acercarme a él. Al final, mi ex amigo al que solía querer tenía razón. Ahora él y yo somos nada. Y la mejor manera de conservar el cariño es liberando todo lo malo que sentía por él. Sé que todo va a salir bien y que tiene mucha gente que lo quiere y que cuidará día y noche para que se recupere. En este preciso instante tengo dos grandes certezas: realmente siento haber gastado tantas fuerzas en haber odiado a alguien; ya no quiero odiar a nadie nunca más.

Tarcila
(En lima, 4 de diciembre de 2007)